Eduardo Moga

Eduardo Moga

Miércoles 23 de marzo de 2011

19:00 horas

Aula Magna de la Facultad de Filología

EDUARDO MOGA (Barcelona, 1962). Ha publicado los poemarios Ángel mortal, La luz oída («Premio Adonáis», 1995), El barro en la mirada, Unánime fuego; El corazón, la nada, La montaña hendida, Las horas y los labios, Soliloquio para dos, Los haikús del tren, Cuerpo sin mí, Seis sextinas soeces y Bajo la piel, los días. Ha traducido a Bukowski, Rimbaud, Faulkner, O’Hara, Sandburg y Ramon Llull, entre otros. Es responsable de las antologías Los versos satíricos y Poesía pasión. Doce jóvenes poetas españoles. Ha publicado los ensayos De asuntos literarios y Lecturas nómadas. Codirige la colección de poesía de DVD ediciones.

Hace tiempo que ha amanecido, pero el gallo sigue cantando. Hacemos el amor con uñas rejuvenecidas, entre silencios tibios. El pene se recorta contra un rectángulo de luz imperiosa, solo interrumpida por los apósitos de las nubes, tras los que se insinúa un firmamento de piedra. Su cabeza oscila, ingiere, se desangra en ondulaciones de caoba. Su cuerpo huele a madera y a mortero. El gallo canta una vez más: no sabía de tanta persistencia; me asombra su tenacidad, y la tenacidad de los cuerpos, la claridad que albergan en sus cavidades, su irradiación de hierro y de saliva, mientras la mañana, untuosa, se deshace entre los dedos como una sombra, y apuñala los huecos que entregamos al otro, para que los llene de su vacío, o para que le transfieran el nuestro. Luego iremos al río y veremos, como estatuas de agua, a los peces alimentarse de nuestras heridas. (También se comen a una araña, a la que, sin saber que la condenaba a ser devorada, he enviado a la corriente de un papirotazo). Las copas de los árboles se hincan en el azul, que escapa con la convicción de un presidiario, y se materializa en levedades glaucas, en coágulos de zafiro. Alguien fuma. Alguien muere. Otros ven anudarse los minutos, y desatarse después, como animales migratorios, como asuntos de aire. Y todos respiran con idéntica convicción, consumiéndose en su indolencia, sometidos a la abrasión de la nada. El agua espejea, sólida: comunica la impaciencia de los cantos por rodar, y su fracaso sin resquicios, y sus acentos de mica. La espesura se derrama hasta alcanzar el caos, y abraza su armonía, y luego se estira como el bronce, crepitando de espumas, como espumas incendiadas. Seguimos haciendo el amor, como si nos acariciara un vendaval. El sol araña, absorto de inclemencia. Y el gallo ―cabrón― canta.

© Eduardo Moga [Poema I de El desierto verde, inédito]

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: